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Víctor Luna, el “loco” del fútbol

30 de enero de 2024

Víctor Emilio Luna Gómez, simplemente Víctor Luna, nos devolvió la dignidad a los seguidores e hinchas del DIM. Era el año 2002 (título, después de 45 años) y sobrevino el 2003, cuando la legendaria Copa Libertadores estaba en su apogeo. Hablaba cuestiones salidas de lo común: jugar sólidos en 40 metros, estar compactos y frentear con un falso 9. Sí, era un loco, un manejador de grupo sui generis, alguien distinto, eso, sí, filosofando a placer. Llamaba a hacer goles con tres defensores, dos carrileros y un borbollón de jugadores de avanzada, donde cada uno era responsable del tanto, fuere quien fuere (Mao, goleador, y no era delantero), pero sin tener números comprometedores en la camiseta. Inmortal. Hizo un grupo de amigos y fue comprador (alcahueta) de cervezas a los jugadores Lo hizo en Colombia y en el exterior. Les daba gusto. Elucubraba. Iba más allá, despreciando la rutina. Fue forjador desde el banco y el aliento. Santos de Brasil, cercenó la campaña memorable. El mejor DIM, sí, el que nos electrizó, fue suyo…
Había salido Reinaldo Rueda (de rendimiento deficitario), para las selecciones menores de Colombia y aterriza Víctor Luna. Teníamos el retrospecto de “celebrar” con collar de arepas en 1993, una vuelta olímpica fallida. Carro de bomberos, éxtasis, cena especial y lágrimas. Era un 23 de diciembre, bajo la égida del Chiqui García. Dimos la vuelta olimplica, pero Mackenzie se tiró en la batica de cuadros. Nostalgia y rabia. En Copa Libertadores, ya en serio, en plena campaña de Luna, rutilaban: Robinson, Baloy, Choronta, Choto, Montoya, David, Mao, Vásquez Chacón, Conejo, Sugar, Amaranto, Pánzer, Tessor… ¡Abajo Bianchi! (le ganamos al mítico Boca, en Medallo 1-0). Tanto agónico del gordito Montoya y fuimos historia. Luna, marcaba diferencia. Dejaba atrás nombres y hombres.
Emergía, de las divisiones menores. Reconoció, que pecamos por falta de experiencia para llegar más allá. Pero, escribimos una historia grande con él. Fue un comandante. Hizo soñar. No lo culpamos de más. Nos devolvió, reitero, la dignidad (y la gloria). Dejó una leyenda. Que había jugado fútbol como lateral y defensor central (Nacional y América), era lo de menos. El equipo, que lo tuvo en el banco, lo acogió en su historial y la hinchada lo guareció como hazaña. Engrandecer el escudo e inflar la camiseta, fueron sus logros como D.T. Qué fue asistente, qué llegó a otros equipos (Barcelona y Macará, de Ecuador), no importaba. Para Amaranto, fue el mejor técnico de su carrera. Hizo sentir la gloria. Sencillo, difícil de abordar. Se perdió del mapa. Estuvo con divisiones menores, para formarlos, se movió entre noble y preceptor. Entrevistas esporádicas, lo hicieron visible. No volví a verlo, aunque sabía que hacía deporte por la unidad deportiva.
Se fue, antes de que enero bajara el telón. Nunca chicaneó, nunca fue ampuloso, los éxitos los tornó como conquistas y los triunfos, los adentró como peldaños. Su oficio: ser parte de las experiencias. Nunca pensó que se moría a los 64 años. Su importancia callada, lo llevó a pensar que era duradero. El luto, no estaba en sus planes, pero los hinchas del DIM, sabemos de lo agridulce que nos toca padecer que el profesor Luna, se haya esfumado. Saber que no está, es perder distancia con quien nos llenó de gloria y nos hizo reventar la maldición de Villanueva, de la cosecha de la bruja Ludovina. Lo escuché muchas veces, hablar en lenguaje figurado, bajo un discurrir, o hacer soliloquios. No cabía, pero lo perdono. Eran sus razones de pensar y querer hacer conocerse. Su exigencia, iba más allá de un balón y una pantaloneta. Apuntaba a la media luna cerebral, a pensar, a ser consistentes…