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COLUMNA: LOS TENIS BLANCOS DEL “CHINO” ROBERT

19 de mayo de 2021

Maria Camila Osorio

Por Felipe Antonio Zaruuk

 

El “chino” Robert Villamizar Celis, salía todos los días desde su casa ubicada en la calle 5ª 10-01 del barrio San Rafael con rumbo al estadio Alfonso López y lo único que llevaba en su bolso era una camiseta de algodón y unas medias descoloridas para ir a entrenar con el Atlético Bucaramanga dirigido desde febrero de 1990 por Humberto “Tucho” Ortíz. 

A medida que caminaba, llevaba en su pecho la cruz imaginaria que su mamá Mery Cecilia y su padre Norberto, le daban cada mañana para que Dios lo cuidara de todo mal y peligro.  Recordaba los momentos en la Selección Santander dirigida por ´Álvaro “Pipas” Solarte la cual le sirvió para que en unos nacionales juveniles lo viera Juan José Peláez y lo llevara a integrar la preselección Colombia que jugó el suramericano de 1988 en Argentina torneo en el cual se consiguió el subcampeonato.  Iba con la ilusión de ser jugador profesional y con la fuerza que tenía en su estómago, alimentado con agua de panela y un pan de cien, lo que se convertía en el combustible necesario para bombearle sangre a su corazón, que no dejaba de latir por el deseo que brillaba en sus ojos saltones. 

El Atlético Bucaramanga había comprado sus derechos deportivos al Club San Andresito y ya era patrimonio de un club que no tenía mucho dinero y que se estaba armando con la ayuda del América de Cali.  Cuando terminaban los exigentes entrenamientos con el “Tucho” y Germán Cristancho, al “Chino” Robert le gastaban la limonada y volvía a coger camino para su casa del humilde barrio “San Rafa” para almorzar y descansar de la dura jornada.  Cuando había doble jornada se quedaba por ahí, deambulando en el barrio San Alonso para volver a entrenar a las 3 de la tarde. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Muchas veces, la gastada suela de sus tenis blancos le rompían hasta las medias y le quedaba la carne viva del pie, la cual era devorada por el ardiente asfalto.  Varias veces estuvo a punto de desmayarse en los entrenamientos y le llegó al “Tucho” el rumor que ese muchacho flacuchento y desgarbado era mariguanero, algo que no era cierto.  El técnico antioqueño le hizo seguimiento y luego de analizar sus difíciles condiciones económicas, decidió ayudarlo.  El “Tucho” le daba 10.000 pesos para el transporte y le ordenó a Alonso Lizarazo pagarle un mejor sueldo.  Todo el mundo se encariñó con él y el día del debut, fecha que jamás olvidará, 1 de abril de 1990 en un clásico del oriente colombiano, una firma local que fabricaba guayos, le obsequió unos, porque ni guayos tenía y luego del partido se les había caído la pintura negra.  Ya no eran negros, eran rojos. 

De nuevo “Tucho” ordenó comprarle unos guayos Puma en Bogotá y a partir de ahí hasta el día de su retiro anotó 41 goles con las camisetas de Bucaramanga y Santa Fe, incluyendo el golazo que le hizo a Maciel del Quindío desde la mitad de la cancha.  Fue campeón con el Junior en el 93 y luego fue vendido al cuadro capitalino en donde se convirtió en capitán del onceno cardenal.  Jugador de lucha, sacrificio y pundonor en todos los aspectos, inclusive para sacar adelante a sus bellas hijas Carol y Laury con cuya custodia se quedó desde que eran unas bebés.  Se preparó en las aulas, ha seguido su carrera como entrenador y ha puesto en práctica todos los conocimientos que adquirió al lado de su “papá” Humberto “Tucho” Ortíz de quien era el consentido y al cual llama a cada rato.  Ojalá que aquellos que desean llegar rápido al profesionalismo del fútbol o cualquier deporte, lean como le tocó al hijo del barrio San Rafael, cuyo camino no fue nada fácil, pero lo transitó con sus recordados tenis rotos.  Lo quiero mucho “Chino”, un abrazo, chao y hasta la próxima.